¿Cómo funciona la terapia familiar?

Lo que intentamos, especialmente al inicio de una terapia, es desvelar la marca registrada de cada familia, lo que podríamos denominar como su personalidad: la forma en la que interactúan entre sus miembros, los códigos para entenderse, las cosas que puedan servir para describirlos, etc

Puede ser que muchas personas asocien la terapia con la idea de personas hablando y escuchándose durante casi una hora. No obstante, cuando iniciamos una terapia familiar, nuestro trabajo consiste precisamente en hacer más que detectar los problemas que aquejan ese momento a la familia. Lo que hacemos en realidad es una especie de “radiografía” completa de la situación, algo que nos permita entender el momento actual pero que a la vez nos dé pistas sobre lo que pueda venir. ¿Y cómo hacemos eso? Hablando y preguntando, sintiendo curiosidad genuina por conocer el relato de la familia como conjunto y como espacio de desarrollo para cada miembro. Lo que intentamos, especialmente al inicio de una terapia, es desvelar la marca registrada de cada familia, lo que podríamos denominar como su personalidad: la forma en la que interactúan entre sus miembros, los códigos para entenderse, las cosas que puedan servir para describirlos, etc. En suma: todo aquello que permita identificar ese curioso “baile” que hace que todo el mundo se mueva a su propio ritmo. No obstante, hay momentos difíciles que pueden hacer que las familias dejen de entenderse a causa de circunstancias muy diversas: una mudanza, cambios laborales en la vida de los padres, enfermedades, consecuencias de accidentes, entre otras. También pueden haber hechos que aquejen individualmente a uno de los miembros, algo que terminará por afectar al resto de la familia en algún momento. En todo caso, cualquiera sea el origen de los problemas, las familias tienden a ajustarse a su estilo: algunas adoptarán una actitud afectiva muy intensa pero indirecta, de modo que quien está pasándolo mal entienda que existe preocupación aunque no se llegue a hablar directamente del tema. Otras familias reaccionan siendo extremadamente cercanas y asertivas, evitando que la persona afectada haga o diga nada ya que sus familiares lo hacen por ella. Es por esto que cuando una familia decide acudir a terapia intentamos que se genere un diálogo que permita construir el escenario que resalte la personalidad de cada familia a la hora de enfrentar problemas, particularmente en la búsqueda de recursos para resolverlos. Así, una vez que tengamos el panorama familiar más claro y que todos estemos de acuerdo en la propuesta de cambio (terapeuta incluido), iremos generando una conversación cuyos ingredientes no se dejan al azar. De hecho, la terapia hace que los elementos de esta “conversación” estén elegidos por aspectos sensibles al cambio que se está buscando. Pensemos por ejemplo en la situación de un hijo adolescente hermético y de unos padres desesperados por no saber qué pasa. Pensemos además que se trata de un tipo de padres que no pueden aceptar la idea de no intervenir directamente y que tienen problemas para aceptar que la “fórmula” de estar encima de su hijo no sirve. La terapia buscará construir alternativas para que esta familia aprenda a gestionar el miedo que supone tomar distancia y dejar que el hijo vaya descubriendo lo que le pasa y forjando así una solución. Descrito de esta forma, podríamos pensar que todo suena muy sencillo. Sin embargo, desvelar las maneras internas de una familia no es tarea fácil. Lo que pasa es que poco a poco, el diálogo va tomando una dimensión distinta, lo que hace que se abran espacios para las emociones, para las formas de pensar y de actuar. Nuestro trabajo, como terapeutas, es precisamente alinear todos estos elementos para mejorar la dinámica de las familias.  De esta manera, la terapia familiar no solo sirve para la familia como colectivo, sino también para individuo en su forma más particular de entender y vivir la vida. J. Ramón Carrillo

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