Cuando el estigma mata

Cuando vemos en la tele la noticia de un asesinato o de algún otro tipo de drama que recibe una atención mediática importante, sale a relucir términos como “antecedentes relacionados con problemas mentales”. ¿Antecedentes? ¿De verdad esta palabra es la más adecuada para contextualizar el drama?

Entre colegas psicólogos, muchas veces hablamos sobre un tema que nos es particularmente preocupante: los estigmas sociales sobre la salud mental y cómo el manejo de éstos parecería estar saliendo de control a partir del manejo de muchas instituciones y medios de comunicación. Cuando vemos en la tele la noticia de un asesinato o de algún otro tipo de drama que recibe una atención mediática importante, sale a relucir términos como “antecedentes relacionados con problemas mentales”. ¿Antecedentes? ¿De verdad esta palabra es la más adecuada para contextualizar el drama? Estar triste, pasar un bache anímico, sentir ansiedad o miedo, ¿es tener antecedentes? Parecería que la salud mental se ha convertido en la cabeza de turco de alguno de los males que afectan la sociedad en la que vivimos. Es más fácil señalar culpabilidades externas que admitir fallos propios. La idea de que alguien haya podido cometer un acto terrible, estando además enajenado, es decir fuera de sí, nos causa un cierto alivio porque explica lo inexplicable. No hay duda que ciertos tipos de conductas pueden llamar la atención por su nivel de crueldad, hasta tal punto en que ni el raciocinio ni la reflexión moral o legal, pueden aportar a la comprensión de lo sucedido. Es por esto que resulta incluso natural que la opinión pública ponga el foco de las explicaciones en la salud mental como forma de expiar los males sociales. Hacer esto supone casi un acto reflejo: aceptamos que si la persona que comete el acto execrable está enferma, no es por tanto culpable del todo; al tiempo que nos alivia recordar que estamos sanos y que por tanto somos incapaces de hacer algo parecido. Estas cosas terribles le pasan a otros, a nosotros no. Aunque esta es una forma natural de buscar sentirnos más seguros, es también un impedimento para la integración y la compresión real de lo que supone un problema de índole mental. Es por esto que creemos necesario acabar con los estigmas que recaen sobre la salud mental. Si bien estos libran de responsabilidad a la sociedad, su continua utilización provoca una suerte de efecto boomerang sobre la misma ya que desinformar y tergiversar la realidad de la salud mental repercute sobre todo el sistema social. Es paradójico que resulte fácil hacer invisibles los problemas mentales, y al mismo tiempo provocar alarmas innecesarias sobre los síntomas y las formas para detectar posibles conductas violentas. Vienen a mi cabeza historias fuera y dentro de España, cuando luego de un evento trágico y violento, nos hemos esforzado temporalmente en intentar detectar señales que nos ayuden a anticipar actos semejantes desde hechos tan comunes como cuando un niño tiene problemas en el colegio. Es por que esto que tenemos que reconocer que el efecto que produce el estigma aniquila la posibilidad de “defensa” social e individual. La información equivocada y las alarmas injustificadas hace que las personas que están pasando por un mal momento en sus vidas deban hacer un esfuerzo doble para estar mejor ya que la sociedad ve la salud mental como sinónimo de muchas cosas, excepto de aquellas que reflejan realmente lo que es vivir con una situación de esa naturaleza. La sociedad necesita utilizar las herramientas que le permitan entender de manera extensiva la complejidad del malestar mental. Si al final seguimos estigmatizando, estamos no solo quitando oportunidades a las personas que sufren estos malestares, sino también a aquellos que en algún momento también necesiten de esa ayuda. El estigma reduce mucho las oportunidades de las personas para que salgan de esa situación. Hoy día estas de un lado, pero mañana quién lo sabe. Intentar alargar la mirada aquí es necesario, no solo por el otro, sino por uno mismo ya que no estamos exentos de pasar por ese camino. J. Ramón Carrillo

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