De adentro hacia afuera: diálogo compartido para aliviar nuestros problemas

A todos nos ha pasado sentirnos confundidos sobre nuestros propios sentimientos o sobre alguna decisión en concreto. Como es natural, nuestra mente comienza a dar vueltas sobre todos estos temas, intentando relacionar emociones y pensamiento. Sin embargo, esto no resulta una tarea sencilla.

A todos nos ha pasado sentirnos confundidos sobre nuestros propios sentimientos o sobre alguna decisión en concreto. Como es natural, nuestra mente comienza a dar vueltas sobre todos estos temas, intentando relacionar emociones y pensamiento. Sin embargo, esto no resulta una tarea sencilla, más aún cuando tenemos que poner voz a nuestra propia experiencia, describirla y darle sentido. Es por esto que también es muy normal que acudamos a un hombro amigo, a alguien que pueda escucharnos y comprendernos. Esta acción supone por tanto la realización de un diálogo interno (con nosotros mismos) y externo con aquellos dispuestos a escuchar. De igual forma, a todos nos habrá pasado que nos sentimos aliviados luego de este diálogo doble, sobre todo después de haber podido hacer que lo que sentimos –ese malestar subjetivo- adquiera rasgos más objetivos. Eso ocurre cuando confiamos a un amigo nuestros problemas y gracias a su punto de vista distinto, logramos estructurar mejor el problema al tener que explicarlo. Esta interacción que se produce entre nuestro amigo y nosotros sirve a la vez para lograr un reconocimiento de aquello que estamos sintiendo. Es por todo esto que es muy importante para alguien que atraviesa un momento difícil o confuso, establecer este vínculo con otra persona, al tiempo que tiende puentes consigo mismo. Este proceso para la persona que sufre una situación traumática, puede ser considerado como una experiencia emocional vinculativa, pues incluye componentes de autorreflexión y de relacionamiento interpersonal, lo que permite a la persona diferenciar la realidad interna de la externa; es decir, la separación de los procesos intrapersonales de los interpersonales. Esta experiencia vinculativa nos permite también diferenciar la naturaleza de estos procesos (sentimientos, pensamientos, creencias...), así como la posibilidad que tiene la persona de disfrazarlos. También es posible resaltar las propias limitaciones, la naturaleza defensiva de algunas actitudes, el impacto que tienen en el propio comportamiento y en el de los otros, el reconocimiento que varias personas puedan tener visiones diferentes de un mismo hecho…y así un largo etcétera. Por todas estas razones, el hecho de poner voz a lo que estamos viviendo, al expresar esto con palabras o al escribirlo, sirve para procesar la experiencia subjetiva. El ejercicio de verbalizar lo que nos ocurre, hace que estas experiencias se hagan más “conscientes” en la medida en que se convierten en palabras. En el contexto de una terapia, en la que el psicólogo hace las veces de “amigo”, estos factores favorecen la conciencia de la experiencia ya que permiten descubrir aspectos ignorados previamente, además de que sirven para generar perspectiva y detenerse en reflexiones más detalladas. Cuando una persona describe con las palabras adecuadas la situación que deseaba explicar, es capaz de identificar mejor los problemas y ver las cosas con mayor claridad. Es precisamente en este momento cuando uno se da cuenta del propio pensamiento que, antes, quedaba confinado en su interior. Esto pone de manifiesto el incremento de la conexión con sí mismo y mejora la comprensión que poseemos de diferentes aspectos de nuestra subjetividad y de nuestra conducta, lo que sin duda se traduce en una mejor gestión de nuestras emociones. Irene Soler

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