Las personas cambian, claro que sí

Esto es lo que hacemos en terapia: dar un empujón y unir esfuerzos para que estás emociones primarias no logren paralizarnos y funcionen, más bien, como una invitación al cambio. Así, nada es realmente estático.

“Las personas no cambian”. Cada vez que escucho esta frase en mi consulta, me quedo perplejo ante semejante enunciado. Lo que se esconde detrás no deja de ser una forma de cuestionar un rasgo elemental de nuestra condición humana. El no cambiar podría relacionarse con otra idea, algo así como “no soporto los cambios, así todo está bajo control”, o algo como “nadie cambia, con lo cual no me fío de nadie, ni siquiera de mí mismo”. Estas ideas suponen un obstáculo importante, especialmente para quienes atraviesan una situación personal incómoda o difícil y que quieren estar mejor. Contradictoriamente, muchas de estas personas que creen que el cambio no es posible, viven conscientemente o no, un proceso de cambio en sus propias vidas.  Frente a esto, creo que es útil hacer un breve repaso de lo que supone la madurez, es decir el cambio en las personas. De pequeños, nacemos con una habilidad innata para absorber lo que está a nuestro alrededor y lo hacemos de distintas maneras. Primero está el nivel cognitivo, es decir, generar percepción del espacio/ tiempo, el procesamiento visual, las funciones de memoria, afinar los sentidos, etc. No obstante, hay otro nivel en que también experimentamos cambios, y por tanto vamos madurando. Se trata del nivel emocional, el cual representa una piedra angular para la consolidación de la persona por el resto de su vida. Durante la infancia, esta parte emocional del cerebro se va nutriendo del entorno y va modulando emociones “nucleares”, las cuales servirán para regular las emociones y sensaciones que vayan surgiendo en el futuro de la persona. Esto quiere decir que depende mucho de nuestro entorno el fijar y consolidar estas emociones pre-reflexivas, de modo que podamos afrontar la madurez a medida que vamos aprendiendo a lidiar con los cambios en nuestra vida, mientras vayamos madurando simplemente. Por ejemplo, para un niño que haya crecido en un entorno violento, en donde no se haya propiciado el amor o el cuidado, es probable que una de sus emociones “nucleares” sea el miedo al abandono. Es posible por tanto, que este sea uno de los criterios con los que esta persona modula sus relaciones futuras, es decir, en función de este miedo. Sin embargo, esto no tiene una relación directa ni determinista, de allí el uso del verbo “modular”, ya que es evidente que muchas personas que se han nutrido primariamente en ambientes hostiles, logran desarrollar otras habilidades que les han permitido seguir adelante sin que ese miedo suponga una parálisis para nuevas experiencias. Pero, ¿por qué unas personas pueden hacer esto y otras no? Creo que esto se debe justamente a la forma de asumir los cambios. Hay personas que han podido, dándose o no cuenta de ello, contribuir al desarrollo emocional de su cerebro, generando estas emociones nucleares para que las situaciones por las que atraviesen se modulen desde muchas formas o variantes. Siguiendo con el ejemplo anterior, es posible que este mismo niño haya tenido varias oportunidades para madurar fuera del miedo, lo que significa que logró cambiar a pesar de sentirlo (raíz emocional) y que fue capaz de superarlo en cuanto aprendió que no siempre se leen los cambios en clave de abandono o desprotección. Esto es lo que hacemos en terapia: dar un empujón y unir esfuerzos para que estás emociones primarias no logren paralizarnos y funcionen, más bien, como una invitación al cambio. Así, nada es realmente estático. Es por esto que pienso que eso de que nadie cambia, es una en realidad una falacia. Cambiamos cada día, cada segundo, cada momento. Siempre. Lo que pasa es que a veces, no sabemos leer estas emociones nucleares, tanto en nosotros como en el otro, y nos despistamos un poco sobre cómo modular lo que nos ocurre en torno a estos núcleos emocionales. Por eso, decir que no cambiamos es casi como aceptar que estamos muertos; decir que las personas no cambian, no solo para aquellos que están alrededor de quien lo dice, es una forma de negarnos. Y esto, no nos corresponde. J. Ramón Carrillo

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