¿Qué me está diciendo la violencia?

La violencia es un elemento muy presente en nuestra sociedad: violencia de género, violencia familiar, violencia sexual, moving, peleas, bulling, bandas, violencia institucional.

La violencia es un elemento muy presente en nuestra sociedad: violencia de género, violencia familiar, violencia sexual, moving, peleas, bulling, bandas, violencia institucional… Cuando la violencia nos toca, es difícil escuchar ningún otro mensaje. Cuando se dirige a nosotros o cuando somos testigos, el rechazo, el miedo y la rabia lo llenan todo. Escuchar no es aceptar. El responsable de la violencia es la persona que agrede, pero ¿qué hacemos si quien agrede es niño o adolescente? Si mi hija adolescente tiene conductas de violencia hacia mí, algo le está ocurriendo. La violencia me grita, pero no entiendo qué me está diciendo; me insulta, me humilla, me golpea. Todo esto me impide escuchar qué me está diciendo, pero lo que me provoca, la rabia, el rechazo y la culpa, también me dificultan poner un límite a esta violencia. Puede estar ocurriendo en la escuela o en el seno de la familia, lo que hace que se oculte y se aguante la situación, pero esto no ayuda, ni a la familia, ni al adolescente, que forma parte de esta familia. Comprender no es aceptar. Las causas de la violencia son múltiples, y las situaciones en las que la violencia se produce, complejas. Comprender qué está ocurriendo no quiere decir que se esté justificando; tampoco el hecho de comprender qué está ocurriendo significa que se esté haciendo algo para solucionarlo. Lo que hace esto es abrir la puerta a otra conversación porque ponemos a un lado la rabia y la culpa que esto me produce y empezamos a tratar los temas, las emociones y las heridas que están por debajo.  Para esto en muchas ocasiones es necesario pedir ayuda; una ayuda que nos permita ver más allá de la violencia y a romper el bloqueo que la culpa o la vergüenza nos está produciendo. Aceptar (a la persona) no es aceptar (la violencia). Para que se le pueda poner un límite al niño o al adolescente, primero éste ha de saber que la aceptación de él o ella como persona es incondicional. Acepto quien eres, pero no lo que haces cuando te enfadas o cuando te frustras o cuando te desbordas. Puedes contar conmigo, podemos dialogar sobre lo que te está ocurriendo, pero no voy a tolerar que me hagas daño. Y esto, que parece una protección de uno mismo, es también la protección hacia al otro a varios niveles; el más directo es que la persona, cuando agrede, también resulta dañada. Laila Aljende

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