S.O.S Tengo un hijo adolescente

Muchos padres acuden a nuestra consulta preocupados porque ¡tienen un adolescente en casa! Esta frase expresa el choque generacional que se provoca en la familia cuando uno de sus miembros está en esta etapa.

Muchos padres acuden a nuestra consulta preocupados porque ¡tienen un adolescente en casa! Esta frase expresa el choque generacional que se provoca en la familia cuando uno de sus miembros está en esta etapa. Solemos pensar en el adolescente como una persona inconformista, continuamente protestando por todo, por lo que se dice, por lo que se piensa, por las injusticias… No admite que las cosas se hagan mal o a medias. Es exigente con los demás, pero especialmente consigo mismo.  Piensa que sus padres son anticuados y que no hacen las cosas correctamente. Busca ser él mismo, deseando romper el cordón umbilical con los padres, ser libre y autónomo. Y así debe ser. Hay algunos padres que no saben cómo distanciarse de sus hijos, ya que se trata sin duda de una tarea difícil de entender, aunque puede ser aún más doloroso para los adolescentes. Casi ningún padre o tutor está preparado para los cambios que ocurrirán en la dinámica de las familias, y es probable que, si no contamos con la información y las herramientas necesarias, aparezcan situaciones de crisis. Un sistema familiar con normas claras y flexibles es importante para tener un contexto de seguridad, y así, un buen manejo de las futuras crisis que se presentan frecuentemente en esta etapa. Por este motivo, es muy importante no intentar imponer nuestros criterios de manera rígida, sino procurar hablar con nuestros hijos adolescentes. Es clave dialogar y, sobre todo, no perder su confianza. La realidad es que rara vez un adolescente solicita por sí mismo ayuda de tipo terapéutico. Siempre viene obligado en cierta medida por los padres o por algún otro miembro del núcleo familiar, incluso acompañados de un amigo. Lo más común es que el problema venga definido como un comportamiento disfuncional, de riesgo, inaceptable o ilegal por parte del adolescente. O quizás una crisis asociada a una conducta antisocial (uso de drogas, no cumplimiento de normas escolares o sociales), lo que hace aun más difícil que la motivación y la demanda de tratamiento provenga del adolescente, ya que en esos casos casi siempre el conflicto está de cara para con sus padres. Es habitual escuchar frases como “no tengo ningún problema, mis padres son el problema”. Del mismo modo que los padres expresan cosas como “nuestro hijo es el problema”, y “no podemos hacer nada, ya hemos hecho todo”. Por un lado, vemos como unos padres anclados en la infancia del niño reivindican mantener el control sobre todos los aspectos de su vida. Esto se explica a partir del temor a lo que pueda sucederles y por desconfianza de la madurez del adolescente. Por otro lado, el adolescente puede sentirse como si de un rehén se tratase, al cual le están privando de su libertad. Esta “rivalidad” se evidencia de manera especial en la creación de un sistema terapéutico con la familia y el adolescente, pero es una clave de todo el proceso de intervención. Por este motivo, debemos entender la adolescencia como una etapa de negociación entre padres e hijos, en la que ambos tienen que ceder un poco de su parte. Un proceso que se lleva a cabo no sin desgaste y de forma progresiva. Sin embargo, no es un camino de rosas. La familia ha de transformarse en su conjunto: las normas y rutinas de la convivencia, los roles de autoridad y decisión, la distancia emocional y de afecto físico, la distribución del tiempo y el espacio en el hogar. Irene Soler

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