Una terapia diferente

Déjenme que les cuente una historia. Una historia de esas que hacen grande nuestra profesión y que a la vez me recuerda por qué me apasiona mi trabajo.

Déjenme que les cuente una historia. Una historia de esas que hacen grande nuestra profesión y que a la vez me recuerda por qué me apasiona mi trabajo. Recuerdo haber tratado con una paciente a la que estaba afectando mucho su proceso de separación y a lo que se unió el fallecimiento de un ser querido. Ya llevaba un tiempo viniendo a la consulta, pero trabajando otro tipo de temas. No obstante, esta vez era diferente. Llegó muy afectada, incluso con dificultades para mantener el equilibrio. No tuve ninguna duda, tenía claro cuál debía ser nuestra prioridad en esta terapia. Así pues empezamos la sesión con un fuerte apretón de manos y una palmada en el hombro. Empezamos a hablar. La historia comenzó a salir y todo se unió en una especie de cajón sin fondo y muy oscuro. Salían todo tipo de emociones pasadas, pensamientos actuales, así como reflexiones políticas y filosóficas. De todo. Pese a ya haber tratado con ella en varias ocasiones, fue muy sorprendente verla con tanta pasión, expresando su dolor con tantos detalles. Más que en los matices de lo que contaba me fijé en la emoción con la que relataba los hechos. Éstos hechos me llevaban a espacios comunes que podía compartir con ella. Me resonaba en algo que no me permitía escapar a ningún otro sitio más que a ese mismo instante. Toda la existencia que recorría por ese aire era lo único que existía, ese único todo fragmentado a diez mil kilómetros por hora que rozaba el delirio fue poco a poco bajando la intensidad. Cuando esto fue sucediendo, tuve un fragmento de tiempo donde conecté con algo mío. Como decía, de alguna manera todo eso me hizo recordar una situación muy semejante a la que ella estaba viviendo. En este momento mi inteligencia racional terapéutica se puso en modo off y lo que continuó fue el modo inteligencia relacional terapéutica, que como bien dice el Doctor Linares, es aquella que de algún modo te acerca emocionalmente al paciente, digamos que activa tus recursos personales y lo pone en evidencia en ese mismo momento. Así fue. Recuerdo que comencé a relatar mi propia experiencia. Le comenté mi historia tomando el cuidado de no hacerlo como una conversación llana, sino con el objetivo que tuviese finalidad terapéutica. A los pocos minutos estuve muy conectado con ella, casi al mismo nivel de pasión, contando ciertos malestares y cosas que me afligieron en aquel entonces. Se creó una atmósfera de plena confianza y empatía. Muchas sinergias positivas.  Cuando paré un momento para replantear una pregunta, ella empezó a hablarme directamente sobre lo que le conmovió de mi historia y comenzó a decirme una serie de cosas que me consolaban o que me hacían simplemente estar mejor. Al incorporarme, pensé en el lenguaje no verbal y en ver cómo estratégicamente podía acomodarme en lo que quería decir. Me acerqué a ella con auténtica intención de cercanía y le dije que su sabiduría y franqueza habían tocado parte de mí, ya que me había calmado muchísimo y me había hecho replantearme mucho de lo que en un entonces podría haber pensado. Se lo agradecí. Me sinceré plenamente. Le dije con total convicción lo que en ese momento sentí y le trasmití que ella era también una experta, que había resuelto cosas incluso de su terapeuta. Y es que las bases de la psicoterapia a veces son más obvias y humanas de lo que a menudo se piensa. Los protocolos y ese supuesto saber mitológico ya quedan un poco antiguos para un modelo de mente realmente más humano. Así de simple: humano. Al final de la sesión cuando recogía sus cosas dijo: ¡son XX euros! Nos reímos y nos dimos un abrazo. J. Ramón Carrillo

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